LAS CONDENARON EN BOLIVIA POR LLEVAR HIERBA LEGAL EN SUS PAÍSES

Cristal, una de las últimas colombianas capturadas por tráfico de marihuana creepy. Foto:Sara Aliaga / Página Siete

 

“Era que me haga a la loca, pero yo por tonta les dije que sí, que iba con él, y fue cuando me revisaron y encontraron la droga”,  me dice Carola Macías, una ecuatoriana de 24 años condenada a 10 años de cárcel en Bolivia por llevar 1,6 kilos de marihuana creepy bajo la polera,  eso es la mitad de lo que pesa un bebé recién nacido.

Ella sabía que lo que hacía era un delito, pero le sorprende que sea tan grave como para pasar una década en una prisión de un país que no es el suyo, alejada de todo lo que conoce. “No sé por qué aquí tanto drama, si en otros países la marihuana te la venden en farmacias. Si me pescaban en mi país no estaría en la cárcel”.

 La condenaron en junio de este año,  para entonces llevaba ya unos meses acá. En febrero murió su hermana y ahora su hija de nueve años está hospitalizada con leucemia (cáncer en la sangre). Macías piensa en ella y llora. “Yo acá, tan lejos, y mi hija en la cama de un hospital”.

En la misma cárcel, el Centro de Orientación Femenina de Obrajes, hay varias mujeres en una situación similar. Hablo con cuatro colombianas que aunque saben que cometieron un delito sienten que pasar 10 años tras las rejas por llevar una planta “legal en su país” es una exageración. En realidad en Colombia el Estado reguló la producción de cannabis con fines medicinales y científicos en 2016. 

En este penal esperan que llegue Cristal Gil, una joven colombiana a la que  detuvieron el pasado lunes con seis kilos de marihuana creepy cuando entraba a Bolivia rumbo a Chile. En pocos meses probablemente ella sea una extranjera más condenada a una década lejos de su familia y amigos. 

 Eso les pasó a Viviana Castillo y Wendy Benítez,  también colombianas de 24 años que cayeron en manos de la Policía el pasado agosto con siete kilos (cada una) de la misma hierba. 

Iban a Chile para trabajar -es lo que me dicen- y reunir algo de dinero para fin de año. En el camino les ofrecieron 3.000 dólares por persona por pasar la droga hasta Oruro y ellas se arriesgaron por el dinero: nueve millones de pesos en moneda de su país.
 
 Hace unos días las sentenciaron a 10 años en prisión. Castillo tiene un hijo de cinco años, Benítez otro de nueve que vive con su abuela, quien tiene una enfermedad mental. “Aquí somos 12 colombianas, 11 estamos por lo mismo, por tráfico de drogas”, me explican.
 
Una de las 12 es Nurilda Audor, de 44 años,  a quien sentenciaron en octubre del año pasado a 10 años por llevar cuatro kilos de cannabis (también creepy). Le ofrecieron 1.500 dólares si llevaba el producto hasta Chile y ella aceptó porque quería ese dinero para su casa y sus seis hijos. “En mi país la marihuana no vale nada porque es legal en cierta cantidad;   en Chile, en cambio, sí vale harto, por eso llevan ahí”.

De acuerdo con  reportes de prensa, los diputados chilenos debaten la posibilidad de legalizar el cultivo privado de cannabis para consumo privado y medicinal.

Otra colombiana con quien me encuentro en este reclusorio es Luz Mery Valenzuela, de 37 años. La Policía la agarró en junio con cuatro kilos de creepy (ella dice que eran 2,5 kilos). Hace un mes un juez decidió que tiene que pasar 12 años privada de su libertad y de sus tres hijos, uno de 18 años que no puede levantarse de la cama. 

 Ella también llora. “Me han dicho que mi hijo no está caminando y que tiene la espalda pelada por tanto estar echado. Mi mamá está enyesada desde la cintura porque la pisó el carro”.

Le ofrecieron 1.500 dólares por llevar la droga a Chile y ella se arriesgó. “Te  digo que soy de Buenaventura y ahí la gente se muere de hambre. El hambre le obliga a uno a cometer errores. Con esa plata yo pensaba levantar la casa, allá las hacemos de tablas, sobre maderas para que el agua pase por debajo”.

Las mujeres que me confiaron sus casos coincidieron en la ruta que tenían para llegar a su destino con la droga: Chile. Contaron que todas  lo hicieron por primera vez, que siempre hay conocidos que les ofrecen buen dinero a cambio de llevar  escondida la planta y que “así nomás es”, quienes van a la cárcel son los que se arriesgan y viajan, no los que siguen captando personas para cargarles la droga.

La creepy es un tipo de marihuana procesada de forma distinta de la “tradicional”. Se la cultiva bajo ciertas condiciones para potenciar el tetrahidrocannabinol (THC), un compuesto químico que causa distintos efectos en el cuerpo humano.

Todas las extranjeras entrevistadas pidieron sólo una cosa: que se aplique la Ley 370 de Bolivia, según la cual un extranjero puede ser expulsado del país si fue condenado  (entre otros ilícitos) por narcotráfico. Fue su única solicitud: No pasar 10 años tras las rejas en un país donde nunca las visitará un familiar, pues según contaron, son muy pobres como para costearse un pasaje para ver a alguien encerrado.

Punto de Vista
patricia chulver,  directora Fundación Acción Semilla

“No afectas a las mafias, sino a los más débiles”

 Las mujeres son un sector vulnerable que hacen muchas veces el trabajo de mulas (personas que cargan la droga) y las meten a la cárcel por años, cuando de esta forma no afectas a la mafia del narcotráfico porque no metes al dueño del negocio a la cárcel, es así que esto no soluciona nada, usas chivos expiatorios para llenar el sistema penal y prácticamente criminalizas la pobreza.  

Aún no sabemos bien qué tratamiento se le está dando al tema de las drogas en el nuevo Código de Sistema Penal que recién fue aprobado en la Cámara de Diputados. Esperemos que no haya retrocesos. 

(Entre las propuestas) se habla de justicia restaurativa, de alternativas al encarcelamiento para que la gente no llene las cárceles y se deje de castigar a los eslabones más débiles. 

Se debe considerar la situación individual sobre todo de las mujeres. Hay madres solteras que fueron sometidas a redes de narcotráfico, por supuesto que también hay gente que lo hace voluntariamente.

Por otro lado, se habla mucho del daño del cannabis a la salud. Hasta ahora no hubo un solo caso de sobredosis por consumo de marihuana, no hay personas que hayan muerto por esta droga. 

En Holanda, por ejemplo, se venden distintas cepas (clases) de marihuana que te ofrecen en una carta como menú. En Uruguay se ha regulado su producción, algo similar a lo que se hizo con la hoja de coca en Bolivia, que es un país pionero en este tema. Creemos que la regulación es una de las mejores formas de enfrentar a las mafias del narcotráfico.

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